domingo, 12 de febrero de 2012

Juan Manuel de Prada: Operación de imagen

Hace algunas semanas, se difundía en la prensa que el nuevo gobierno había ofrecido al escritor Mario Vargas Llosa la presidencia del Instituto Cervantes; a los pocos días sabíamos que el premio Nobel había declinado la oferta. El episodio es, desde luego, estrafalario; y, si yo fuera presidente de ese nuevo gobierno, empezaría por destituir al cantamañanas que filtró el ofrecimiento a la prensa, antes de que se viera coronado por el éxito. Si pavonearse de las conquistas siempre tiene sus riesgos, pavonearse de las pretensiones que luego acaban en desdenes o rechazos es del género idiota; pero no es esta la reflexión que me incita a escribir sobre el asunto. 


Ofrecer a Mario Vargas Llosa la presidencia del Instituto Cervantesno es, en el fondo, sino lo que ahora llaman una `operación de imagen´; y que más precisamente debería llamarse alarde megalómano o delirio de grandeza. Lo de menos es que Vargas Llosa, años atrás, ya hubiese rechazado una oferta semejante; o que públicamente hubiese retirado su apoyo al partido que ahora ha conquistado el poder, para entregárselo a otro de reciente creación. Ciertamente, tales antecedentes añaden al delirio de grandeza sus ribetes de masoquismo chusco, pero tampoco es esta la reflexión que me incita a escribir sobre el asunto. Lo que salta a la vista es que en el ofrecimiento hay un intento de parasitar la celebridad o el prestigio de la persona supuestamente honrada por el ofrecimiento; costumbre muy de nuestro tiempo, en el que se ha perdido el sentido de las proporciones y el pequeño trata de aumentar su estatura, subiéndose a hombros del gigante. Sin entrar en consideraciones sobre la talla literaria de Vargas Llosa, resulta evidente que -siquiera en el mercado de las vanidades mundanas- un premio Nobel, reverenciado por tirios y troyanos, nada tiene que ganar aceptando un puesto administrativo; y sí en cambio mucho que perder, pues enseguida tirios y troyanos se aprestarían a hincarle el diente. 

Paulo Coelho: La vuelta al mundo después de muerta

Siempre he pensado en lo que sucede cuando esparcimos alguna porción de nosotros mismos por la Tierra. Ya me corté cabellos en Tokio, uñas en Noruega, vi correr mi sangre de una herida al subir una montaña en Francia. En mi primer libro, Los archivos del infierno (que jamás fue reeditado), especulaba un poco sobre el tema, como si fuese necesario `sembrar´ un poco del propio cuerpo en diversas partes del mundo de manera que, en una futura vida, algo nos pareciese familiar. 

Un día leí en el diario francés Le Figaro un artículo firmado por Guy Barret sobre un caso real acontecido en junio de 2001, cuando alguien llevó hasta las últimas consecuencias esta idea. 

Se trata de la americana Vera Anderson, que pasó toda su vida en la ciudad de Medford, Oregón. Siendo ya de edad avanzada, fue víctima de un accidente cardiovascular, agravado por un enfisema de pulmón, lo que la obligó a pasar años enteros dentro de un cuarto, siempre conectada a un balón de oxígeno. Esto en sí ya es un suplicio, pero en el caso de Vera la situación era aún más grave porque había soñado con recorrer el mundo y había guardado sus ahorros para hacerlo cuando estuviera jubilada. 

domingo, 15 de enero de 2012

Paulo Coelho: Cosas que suceden en el camino

Lo que es importante El maestro paseaba por un campo de trigo cuando se le acercó un discípulo: «No sé distinguir el camino verdadero. ¿Cuál es el secreto?». «¿Qué significa ese anillo en tu dedo?», preguntó el maestro. «Me lo dio mi padre antes de morir». «Pues dámelo». El discípulo obedeció, y el maestro tiró aquel anillo en medio del campo de trigo. «¿Y ahora?», gritó el discípulo. «¡Tendré que dejar todo lo que estaba haciendo para encontrar el anillo! ¡Significa mucho para mí!». «Cuando lo encuentres, recuerda que tú mismo has respondido a la pregunta que me has hecho. Así es como se distingue el verdadero camino: es más importante que todo lo demás». 

Juan Manuel de Prada: Doctrina social

Muchos católicos creen que sobre las realidades sociales, políticas y, muy especialmente, económicas no pueden hacerse juicios de naturaleza teológica o moral, por pertenecer dichos ámbitos a una esfera enteramente secular. Por eso, cuando hablan de economía, aceptan categorías radicalmente anticristianas, sin examinar los presupuestos antropológicos o, más precisamente, teológicos, que convierten la economía moderna en un nuevo Moloch al que alegremente se sacrifican millones de vidas humanas. Pero renunciar al análisis de estas realidades desde presupuestos teológicos y morales es tanto como dimitir de la fe. 
A finales del siglo XVIII, con la revolución de Adam Smith, los economistas quisieron liberar la economía de la teología; después, a lo largo del siglo XIX, los economistas quisieron desvincular la economía de la teoría política, hasta llegar a la situación presente, en que la economía se ha convertido en una ciencia cada vez más abstracta y matemática (pero de una matemática que siempre yerra, por cierto).

Arturo Pérez Reverte: Los jóvenes reporteros nunca mueren

Hace unos días volví a ver la película que rodó Gerardo Herrero sobre Territorio comanche; que más que novela era un trozo de memoria personal con la ficción justa para aliñar la cosa. Rodada en escenarios tan naturales como la guerra misma, la película resiste el paso del tiempo; con la particularidad de que, al mostrar un Sarajevo agitado por los últimos coletazos del asedio serbio, contiene un valor documental extraordinario. Por mucho dinero que se metiese en la producción, sería imposible reconstruir hoy el sombrío decorado de esa ciudad destruida y peligrosa. El caso es que he visto de nuevo la película, como digo, refrescando el recuerdo que de ella conservaba: cierta cómica incomodidad cuando Imanol Arias, que en la peli hace de mí, o casi, se muestra demasiado nervioso bajo el fuego –un reportero veterano, le decíamos sin éxito, siente la guerra con los ojos, no con los oídos–, y una sonrisa cómplice ante el modo con que Carmelo Gómez interpreta el papel del cámara de televisión José Luis Márquez; que a mi juicio, y también al del propio Márquez, es una de las mejores interpretaciones de su espléndida carrera de actor.

Carmen Posadas: No es obligatorio

El otro día, hablando con una amiga que acaba de divorciarse, me señaló algo en lo que yo no había caído. «Ya ves –me decía medio en serio, medio en broma–, además de todo el sufrimiento que produce una separación, encima tengo que volver a la adolescencia, pintarme la pestaña, ponerme minifalda (a mis años) y salir por ahí a buscar novio, vaya trabajera». En efecto, en este mundo de estereotipos fijos en el que todos estamos instalados, `rehacer tu vida´ se ha convertido en una especie de mandato divino obligado por ese pagano y a la vez tiránico dios que decide lo que está bien visto y lo que no, lo que mola y lo que no mola. «Ahora tienes que rehacer tu vida» es una especie de mantra que amigos –y no tan amigos– repiten como queriendo hacerle un favor a uno. Como si no existieran otros intereses, otras alegrías, otros amores igualmente importantes. Peor aún, como si la vida del desparejado –todavía más si es mujer– quedara anulada por completo, igual que la de esas viudas de la India a las que quemaban vivas en la pira funeraria de sus maridos. Yo creo que esta es otra de las tontas ideas prefabricadas que habría que erradicar. Primero, porque es completamente falso que lo más importante en la vida sea tener pareja. Es algo agradable, deseable sin duda, pero yo pienso que quien cifra su felicidad en una sola persona, por muy extraordinaria que sea, tiene todas las papeletas para ser desgraciado.