miércoles, 18 de abril de 2012
lunes, 16 de abril de 2012
Carmen Posadas: Las palabras no son inocentes
Me escribe una lectora para decirme que en mi artículo anterior se me ha ido un poco la pinza al sacar la conclusión de que existe peligro en admirar a los que ahora llamamos `iconos´. Ya saben, esa variada fauna que se ha colado en nuestras vidas a través de la tele, el cine o las revistas y que incluye desde actores de cine hasta princesas, pasando por niños bien, futbolistas, toreros, it girls y hasta delincuentes o simples caraduras. En resumen, cualquiera que sea carne de paparazi. Yo no sé en qué momento la palabra ídolo saltó de los altares al papel cuché y de lo sagrado a lo profano, pero me parece un término tan certero como inquietante. Certero en el sentido de que se usa para describir a personas que logran concitar una admiración rayana en la idolatría; inquietante porque, cuando se analiza a qué tipo de personas se idolatra, a veces se le caen a uno los palos del sombrajo. En realidad, el fenómeno es viejo como el mundo y lo único que cambia son los santos que cada época coloca en una peana y que simbolizan los valores (o la falta de ellos) de la sociedad en ese preciso momento. Así, por ejemplo, y para remontarnos a un caso lejano y desde luego mucho más profundo y espiritual, el surgimiento de un personaje como san Francisco de Asís en el siglo XII trajo como consecuencia que a partir de ese momento muchas it girls (and boys) de la época renunciaran a las pompas de este mundo para vestir hábito y dedicar su vida a los pobres. ¿Por qué? Pues porque sintonizaba con los valores de aquel momento. O, para decirlo más frívolamente, porque la moda –palabra que significa, literalmente, lo que más se lleva– entonces era tener inquietudes espirituales y denostar la riqueza. Una actitud surgida como reacción a la decadente y corrupta sociedad de la época. Así, a lo largo de la Historia, el ser humano ha erigido sus ídolos, que encarnan en cada momento aquello que más se admira.
Carlos Herrera: Esos diablillos alborotadores
Tiene la intención el Gobierno de impulsar una reforma legislativa que asimile las penas que se imponen por ley a los terroristas callejeros con las que sufren aquellos que dedican una tarde de su vida a perpetrar actos vandálicos en las ciudades con motivo de alguna fiesta de guardar. En la reciente y fallida -y violenta- huelga general convocada por los sindicatos de siempre se vivieron varios incidentes de importancia gradual: existieron, como es natural, piquetes coactivos, insultadores, amenazantes; se dieron los Willys Toledo que se dedicaron a romper bares y a zarandear pequeños propietarios; y se dieron los violentos aprendices de terroristas que aprovecharon la convocatoria y se sumaron a la fiesta con objeto de destruir lo que pillaran por delante (imágenes vistas por todos y que se dieron en Barcelona). De los primeros solo sorprende la resignación con la que unos y otros admiten que su figura esté dentro de la normalidad y que parezca, incluso, saludable. Del cretino del segundo caso, el trastornado ese que dice ser actor y que poco más se representa que a sí mismo, solo cabe aplicarle leyes que penen el acto violento de destruir propiedad privada de los demás. De los terceros habría que hablar más pausadamente. El perfil político no es ajeno a unos grupos de difícil socialización que han hecho del placer de destruir su último fin. Justifican mediante un ideario aterrador toda acción dedicada a atemorizar a su entorno: somos los más fuertes, somos revolucionarios, debemos ser impunes por mediar en nuestros actos el fin irrenunciable de la verdadera justicia... Son de extrema izquierda y en Barcelona han creado su particular parque temático, lo cual no debería extrañar tanto como lo hace. ¿Por qué siempre en Barcelona han de pasar estas cosas? Por la debilidad de las respuestas sociales, mediáticas y políticas que se han tenido con ellos. La esfera sociopolítica barcelonesa está llena de buenas intenciones y de conductas políticamente correctas. Es el paraíso de la corrección política y del buenismo.
Paulo Coelho: Mogo no quiere dejar de mejorar
Una bonita historia, que ha sido enviada por la lectora Shirlei Massapust.
Hace muchos años vivía en China un joven llamado Mogo, que se ganaba el sustento picando piedras. Aunque era sano y fuerte, el muchacho no se conformaba con su destino y se quejaba día y noche. Tanto blasfemó contra Dios que su ángel de la guarda acabó apareciendo.
–Tienes salud y toda una vida por delante –dijo el ángel–. Todos los jóvenes empiezan haciendo algo como tú. ¿Por qué te quejas constantemente? –Dios fue injusto conmigo y no me dio una oportunidad para crecer –respondió Mogo.
Preocupado, el ángel se presentó ante el Señor pidiendo ayuda para que su protegido no acabase perdiendo el alma. –Que se haga tu voluntad –dijo el Señor–. Todo lo que Mogo quiera le será concedido.
Al día siguiente, Mogo picaba piedras cuando vio pasar un carruaje que transportaba a un noble cubierto de joyas. Pasando las manos por el rostro sudoroso y sucio, Mogo dijo con amargura: –¿Por qué yo no puedo ser noble también? ¡Ese es mi destino! –¡Lo serás! –murmuró el ángel, con inmensa alegría.
Y Mogo se transformó en el dueño de un palacio suntuoso, con muchas tierras, rodeado de sirvientes y caballos. Solía salir todos los días con su impresionante cortejo y le gustaba ver a sus antiguos compañeros alineados en una orilla de la calle, mirándolo con respeto.
Una de estas tardes, el calor era insoportable; incluso debajo de su sombrilla dorada, Mogo sudaba como en el tiempo en que picaba piedras. Entonces se dio cuenta de que no era tan importante como pensaba: por encima de él había príncipes, emperadores y sobre todos ellos estaba el Sol, que no obedecía a nadie, pues era el verdadero rey. –¡Ah, ángel mío! ¿Por qué no puedo ser el Sol? ¡Ese debe ser mi destino! –se lamentó Mogo. –¡Pues lo serás! –exclamó el ángel, escondiendo su tristeza ante tamaña ambición. Y Mogo se convirtió en el Sol, como deseaba.
Hace muchos años vivía en China un joven llamado Mogo, que se ganaba el sustento picando piedras. Aunque era sano y fuerte, el muchacho no se conformaba con su destino y se quejaba día y noche. Tanto blasfemó contra Dios que su ángel de la guarda acabó apareciendo.
–Tienes salud y toda una vida por delante –dijo el ángel–. Todos los jóvenes empiezan haciendo algo como tú. ¿Por qué te quejas constantemente? –Dios fue injusto conmigo y no me dio una oportunidad para crecer –respondió Mogo.
Preocupado, el ángel se presentó ante el Señor pidiendo ayuda para que su protegido no acabase perdiendo el alma. –Que se haga tu voluntad –dijo el Señor–. Todo lo que Mogo quiera le será concedido.
Al día siguiente, Mogo picaba piedras cuando vio pasar un carruaje que transportaba a un noble cubierto de joyas. Pasando las manos por el rostro sudoroso y sucio, Mogo dijo con amargura: –¿Por qué yo no puedo ser noble también? ¡Ese es mi destino! –¡Lo serás! –murmuró el ángel, con inmensa alegría.
Y Mogo se transformó en el dueño de un palacio suntuoso, con muchas tierras, rodeado de sirvientes y caballos. Solía salir todos los días con su impresionante cortejo y le gustaba ver a sus antiguos compañeros alineados en una orilla de la calle, mirándolo con respeto.
Una de estas tardes, el calor era insoportable; incluso debajo de su sombrilla dorada, Mogo sudaba como en el tiempo en que picaba piedras. Entonces se dio cuenta de que no era tan importante como pensaba: por encima de él había príncipes, emperadores y sobre todos ellos estaba el Sol, que no obedecía a nadie, pues era el verdadero rey. –¡Ah, ángel mío! ¿Por qué no puedo ser el Sol? ¡Ese debe ser mi destino! –se lamentó Mogo. –¡Pues lo serás! –exclamó el ángel, escondiendo su tristeza ante tamaña ambición. Y Mogo se convirtió en el Sol, como deseaba.
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