miércoles, 5 de octubre de 2011

Arturo Pérez Reverte: Un muchacho con un libro

Estoy sentado donde suelo hacerlo cuando me encuentro en la plaza Mayor de Madrid, que es la terraza del bar Andaluz. Me gusta instalarme allí con un libro al sol de invierno o a la sombra del verano; y de vez en cuando, levantando la mirada, ver pasar a la gente o conversar con los camareros: dos viejos amigos que, desde su privilegiado observatorio, toman el pulso diario a la condición humana con singular sabiduría y precisión. Estoy allí, como digo, observando a ratos a los habituales que se buscan la vida en la plaza: el acordeonista virtuoso aunque no siempre oportuno, el que hace pompas de jabón, el Spiderman barrigudo que se fotografía con los paseantes. Y observo, una vez más, que la peña resulta agarradísima a la hora de aforar una chapa. Igual dan guiris o de aquí: ven a Bart Simpson en la plaza, se ponen al lado para hacerse una foto, y luego se largan sin dar las gracias ni soltar, por supuesto, una pequeña propina. Dando por sentado, los miserables, que el fulano que pasa todo el día al sol con tres kilos de paño encima está allí por simpatía y amor al arte, para que ellos se hagan fotos sonriendo felices, por la cara.

En una mesa cercana hay un muchacho que lee un libro. Tiene unos diecisiete o dieciocho años, está solo, y llama la atención porque no es frecuente encontrar lectores en este paraje. Está concentrado en las páginas, y de vez en cuando cierra el libro y se queda mirando la plaza sin verla, con la expresión de quien permanece ajeno a cuanto ocurre ante sus ojos. Con esa mirada ausente que todo lector conoce como propia: la de quien se detiene en el acto de leer pero no interrumpe la lectura, sino que sigue inmerso en las imágenes o las ideas que el libro suscita. Uno de los camareros pasa por mi lado y sonríe dirigiéndole una mirada de simpatía al muchacho, como si dijera: ahí tiene usted a un potencial cliente, o por lo menos a un colega devorador de letra impresa. 

Juan Manuel de Prada: Dinero de mentira

Se anuncia que varios bancos centrales (que son los que hacen girar la manivela de la máquina de estampillar billetes), en acción concertada, van a «inyectar liquidez» a los bancos comerciales para facilitar su financiación hasta fines de año. Por supuesto, el anuncio ha sido acogido con alborozo por las principales bolsas del mundo, que han sacado pecho siquiera por un día (con esa fatuidad irrisoria con que saca pecho el tuberculoso terminal), y celebrado por los medios de adoctrinamiento de masas, encargados de mantener cretinizada a la gente mientras la expolian. Cuando, dentro de un siglo, se estudie el hundimiento del capitalismo financiero, los historiadores se llevarán las manos a la cabeza, horrorizados de que tanta gente se dejase embaucar, llevada al matadero de la mano por sus mismos verdugos, en quienes llegó a ver a sus salvadores. Para explicar un suicidio colectivo de tal magnitud hace falta una explicación de índole sobrenatural; y tal explicación nos la brinda el Apocalipsis cuando narra la caída de la gran Babilonia (tan semejante, por cierto, a la caída del capitalismo financiero): «Del vino del furor de su prostitución bebieron todas las naciones». El vino de prostitución del que todos hemos bebido durante los últimos años es la adoración de Mammón; o, como explicaba el filósofo Santayana, la creación de una «niebla de las finanzas vagabunda, nominal, inmaterial, que mañana puede destruirse y desvanecerse como un sueño». Azuzando nuestra avaricia, los sacerdotes de Babilonia nos hicieron creer que el dinero podía procrear como un conejo; y que, si les confiábamos ese conejo, nos premiarían con algunos hijos de su innumerable prole, aunque fueran los hijos más canijos (mientras ellos se reservaban los más orondos). El mañana que profetizaba Santayana ya ha llegado: lloran y hacen duelo los reyes de la tierra –los politiquillos de la Unión Europea, el falso mesías negro de Yanquilandia– que con ella fornicaron y se dieron al lujo; lloran y hacen duelo los mercaderes –plutócratas– que se enriquecieron con el poder de su opulencia; y lloramos nosotros, pobre gente cretinizada, porque vemos desvanecerse ese sueño. 

viernes, 30 de septiembre de 2011

Paulo Coelho: De la naturaleza humana

Todos los días nos bombardean con noticias de actos de crueldad, y nos preguntamos: ¿cómo puede el hombre ser capaz de tanta perfidia? Los ejemplos van desde Río de Janeiro, donde tenía un amigo periodista (Tim Lopes) que fue salvajemente torturado antes de ser asesinado, hasta la prisión de Abu Graib, en Irak, donde chicos y chicas americanos que siempre se han comportado de forma ejemplar en sus pequeñas comunidades provincianas acaban convirtiéndose en monstruos.

En 1971, profesores de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, crearon una especie de prisión simulada en los sótanos de la Facultad de Psicología. Escogieron a 12 estudiantes al azar que actuarían como guardas y a otros 12 que serían los prisioneros. Todos procedían del mismo estatus social: clase media, educación rígida y sólidos valores morales. Durante dos semanas se otorgó a los ‘carceleros’ una autoridad absoluta sobre los ‘presos’.

La experiencia hubo de ser interrumpida al cabo de una semana, dado que, apenas transcurridos unos días, los ‘guardas’ comenzaron a mostrar un comportamiento cada vez más sádico y anormal, y llegaron a ser capaces de barbaridades nunca vistas. Hasta hoy, cuando han pasado más de 30 años, los dos grupos todavía necesitan tratamiento psicológico.

El creador de la experiencia de Stanford, Philip Zimbardo, cuenta al periódico Herald Tribune: –No me sorprendieron las fotos de la prisión iraquí de Abu Graib. No se trata de unas pocas manzanas podridas dentro de un cesto de fruta fresca, sino exactamente de lo contrario: gente de buenos sentimientos que, al verse con la posibilidad de ejercer un poder absoluto, pierde cualquier noción del límite y deja que se manifiesten sus instintos más primitivos. 

Arturo Pérez-Reverte: Una historia de violencia

Me dan la bronca algunos lectores veteranos porque hace tiempoque no hablo de esos personajes e historias del pasado que a veces, para bien o para mal, ayudan a encajar el presente. Así que, para quienes echan de menos las historias del abuelo Cebolleta, hoy tocamos esa tecla, recordando a uno de esos fulanos sobre los que, de nacer en otro sitio, habría novelas, películas y series de la tele. Pero nació aquí, aunque pasó la vida fuera de España, ganándose el pan con una espada. Así que tenía pocas posibilidades de figurar en los libros de texto de los colegios. Como dijo no recuerdo qué político analfabeto de los que mezclan churras con merinas, la violencia no educa.

Año 1547. La España del emperador Carlos V tiene al mundo agarrado por las pelotas. Los príncipes protestantes se han puesto flamencos, y les caen encima, entre otros, los tercios de infantería española. La cosa se dilucida en Mühlberg, con el río Elba entre los ejércitos del elector de Sajonia y el del emperador. Se acomete la gente, se retiran los luteranos, y en mitad del pifostio hay un momento delicado. Huyendo ante el empuje de la vanguardia mandada por el duque de Alba, que siega como una guadaña, los alemanes –marcando el paso de la oca, o lo que marcaran entonces– pasan el río por un puente de barcas, lo recogen en la otra orilla, y para defender el único vado y cubrir su retirada acumulan allí enorme cantidad de artillería y arcabuceros. De manera que al llegar los españoles granizan balas sobre los arneses. El de Alba, cabreadísimo, va de un lado a otro sin saber cómo hincarle el diente al asunto, pues los tudescos van a enrocarse tras las murallas de la plaza fuerte, y de allí no los sacarán ni con Tres en Uno. El emperador está a punto de llegar con el grueso del ejército, encontrando el paso bloqueado; y además, los enemigos empiezan a incendiar las barcas. Como para ingerir cianuro. 

Carmen Posadas: La era Peter Pan

El otro día vi una entrevista que le hicieron a Pedro Almodóvar con motivo de su nueva película y me sorprendió un comentario suyo. En un momento dado explicó: «La piel que habito no la podría haber rodado antes porque es producto de mi madurez como persona». Eso dijo, y se quedó cortado como si hubiera dicho algo inconveniente. Luego, azarado, añadió que bueno, que con eso de ‘madurez’ se refería a la experiencia, a la trayectoria, a lo que había logrado aprender con los años… No he visto la película, de modo que no tengo opinión sobre ella, pero lo que me llamó la atención fue que una persona tan libre a la hora de expresarse y que –nos guste o no su obra– está por encima del bien y del mal tuviera que justificarse por usar el término ‘madurez’. No creo que su reparo se debiera a que dicha palabra a veces pueda ser sinónimo de vejez. Según dijo también en la entrevista, él está encantado de peinar canas. Yo creo que a Almodóvar, que es un hombre inteligente y que, sobre todo, tiene una envidiable intuición para sintonizar con el público, lo que le preocupó fue haber usado, sin querer, una de esas palabras malditas y, por tanto, proscritas del vocabulario actual. Me refiero, por ejemplo, a términos como ‘disciplina’, ‘orden’, ‘deber’ y no digamos ‘honor’, palabra horripilante que, según algunos, acuñó Franco en persona y hace inmediatamente entonar el Cara al sol.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Juan Manuel de Prada: Decíamos ayer...

He sido a diario el hazmerreír, todo el mundo se burlaba de mí. (Jer 20, 7)

Leed a un hombre de nuestra época el pasaje evangélico de la multiplicación de los panes y los peces y sonreirá con petulancia o descreída displicencia; en cambio, ese mismo hombre estará dispuesto a creer a pies juntillas que sus ahorrillos, entregados a un banco o a un experto en inversiones, se multiplicarán por cien o por mil, hasta convertirse en una fortuna. [...]  Hoy toda esa fantasmagoría se derrumba, todas esas tretas nos revelan sus manejos; y el hombre que, por petulancia o descreída displicencia, dejó de creer que Dios obrase milagros, descubre que los milagros de los sacerdotes plutonianos eran en realidad tramoyas de farsantes. (ABC, 13 de octubre de 2008)

El dinero es, por definición, un fantasma, un signo que representa las cosas reales, inventado por los hombres para agilizar el comercio. Si ya es discutible que ese fantasma represente el valor de las cosas reales, ¿cómo calificar nuestra creencia de que ese fantasma pueda ser, a su vez, ordeñado como si fuese una vaca, generando réditos que crezcan indefinidamente? Hasta un espiritista en plena resaca de anisete nos diría que los fantasmas no pueden procrear; pero los sacerdotes de esta idolatría plutoniana han hecho creer al hombre contemporáneo, azuzando su avaricia, que su dinero podía procrear como un conejo. (XLSemanal, 1 de diciembre de 2008)   

Carlos Herrera: Un paseo por Milán en Fórmula 1

 Y qué hace un tipo como yo en un Gran Premio de Fórmula 1? Pues mirar como un cateto para todas partes, asombrarse del circo de quita y pon que montan estos tipos y percatarse de que algo tendrá este lío porque le apasiona a millones de personas en el mundo entero. Cuando Alonso aún circulaba en taca-taca, la afición a las carreras y el conocimiento técnico por parte del español medio eran reducidos, pero desde que apareció el asturiano proliferan los expertos por metro cuadrado como si fueran setas en temporada: entras en cualquier bar y el paisano más insospechado comenta en voz alta que con esos reglajes difícilmente se va a poder competir con menganito y tal y tal. Un par de semanas atrás fui amablemente acarreado e invitado para presenciar el Gran Premio de Italia, que patrocina el Banco Santander y que se disputaba en Milán, en el mítico circuito de Monza, el primero en el que se celebraron pruebas de Fórmula 1. La posibilidad de charlar con los que gerencian, controlan y protagonizan las carreras permite hacerse una idea del volumen de negocio industrial que genera el automovilismo y la capacidad de reacción, invención y conocimiento milimétrico que tienen todos, mecánicos, directores y, especialmente, pilotos, esos hombres de cuello gordo que se juegan la vida a trescientos kilómetros por hora y que manejan coches que vienen directamente del futuro. Todo es, literalmente, admirable y los aficionados rugen casi tanto como los motores. Ganó Vettel, como casi siempre, y Ferrari se quedó sin poder desplazar del podio a Red Bull en su propio feudo, ya que la diferencia entre los coches estriba en que, por lo visto, los azules bordean los reglamentos con un truco combustible que aún no han desarrollado los colorados.